¿Conoces el efecto Matilda?

La historia de la ciencia no siempre ha sido un reflejo fiel de la realidad de los descubrimientos. Durante décadas, una gran cantidad de hallazgos fundamentales han sido atribuidos de forma sistemática a hombres, mientras que las mujeres que lideraron esas investigaciones fueron relegadas al olvido o a un papel secundario. Este fenómeno de invisibilización tiene nombre propio: el efecto Matilda.

¿Por qué se llama así?

El término fue acuñado en 1993 por la historiadora de la ciencia Margaret W. Rossiter. Con este nombre, quiso rendir homenaje a Matilda Joslyn Gage, una sufragista y abolicionista del siglo XIX que fue de las primeras personas en denunciar cómo las contribuciones de las mujeres eran ignoradas o usurpadas por sus colegas masculinos. Gage escribió en 1870 el ensayo La mujer como inventora, donde documentaba esta injusticia estructural.

Tres ejemplos de talento silenciado

A lo largo de los siglos, este sesgo ha afectado a innumerables científicas. A continuación, recordamos tres casos emblemáticos en los que el mérito fue injustamente desplazado:

  • Alice Ball (1892–1916): esta química estadounidense desarrolló el primer tratamiento efectivo contra la lepra, conocido como el «Método Ball». Tras su prematura muerte, el presidente de su universidad continuó el trabajo y publicó los resultados sin otorgarle ningún crédito, pasando a conocerse como el «Método Dean». La comunidad científica tardó casi un siglo en reconocer su autoría original.

  • Marthe Gautier (1925–2022): la médica francesa fue la verdadera responsable de identificar el cromosoma extra causante del síndrome de Down (trisomía 21). Sus colaboradores aprovecharon sus cultivos celulares y resultados para publicar el descubrimiento en 1959, situándola en un lugar secundario de la autoría y permitiendo que Jérôme Lejeune recibiera el reconocimiento internacional en solitario.

  • Rosalind Franklin (1920–1958): su trabajo con la difracción de rayos X fue la pieza clave para comprender la estructura del ADN. Su famosa «Fotografía 51» fue mostrada sin su consentimiento a James Watson y Francis Crick, quienes utilizaron sus datos para formular el modelo de la doble hélice. Aunque su aportación fue fundamental, el Premio Nobel de 1962 ignoró su nombre.

Hacia una ciencia con memoria

Reconocer la existencia del efecto Matilda es el primer paso para corregir los sesgos de género que aún persisten en el ámbito académico y científico. Visibilizar a estas figuras no solo es un acto de justicia histórica, sino que permite construir referentes reales para las nuevas generaciones de personas investigadoras, garantizando que el talento se valore por su impacto y no por el género de quien lo produce.

Comparte esta noticia: